
Son alrededor de las cinco de la tarde. El metro corre en dirección Brooklin. La gente vuelve a sus casas, el trabajo para la mayoría ha terminado el día de hoy. En el subterranéo la recepción de los celulares puede ser mala, a veces nula. La gente después de un día de trabajo parece sonreír menos. Cada quien en su mundo, leyendo, jugando con algún aparato, oyendo música, durmiendo.
Una tranquilidad que parece inalterable. Sólo parece, porque cuando el metro sale del subterráneo, los rieles montan sobre el puente de Manhattan para cruzar el río y llegar a Brooklin; como si fuera un espectáculo de nado sincronizado, todos en el vagón sacan sus celulares, y se oyen las mismas frases en diferentes tiempos:
Más o menos estas frases, todos avisando y preguntando qué hace falta para lo que les reste del día en sus casas.
El tren se vuelve a sumergir en la tierra. Se va la señal de los celulares. Todos vuelven a esa tranquilidad que parece, sólo parece, inalterable.
Una tranquilidad que parece inalterable. Sólo parece, porque cuando el metro sale del subterráneo, los rieles montan sobre el puente de Manhattan para cruzar el río y llegar a Brooklin; como si fuera un espectáculo de nado sincronizado, todos en el vagón sacan sus celulares, y se oyen las mismas frases en diferentes tiempos:
"Querida, llego en 15 minutos, ¿qué te llevo?" o "ya estoy en el puente, ¿algo
para los niños?" o "ya casi llego, ¿qué necesitas?" o "ve calentando la comida
que estoy por llegar"
Más o menos estas frases, todos avisando y preguntando qué hace falta para lo que les reste del día en sus casas.
El tren se vuelve a sumergir en la tierra. Se va la señal de los celulares. Todos vuelven a esa tranquilidad que parece, sólo parece, inalterable.