Definitivamente lo que en inglés se conoce como el skyline, ha cambiado radicalmente. Claro, esto no es noticia ya. Salvo para mí, que cuando en mi último viaje a Nueva York había las torres gemelas, en el sur de la isla, como mastiles que sostenían una bandera imaginaria; y pequeña, en el río, en su isla, sola: la estatua de la libertad.
Nueva York hoy día, de lejos, desde el bote, podría ser cualquier otra ciudad: Houston o Chicago. Ya no parece haber edificios representativos, únicos, no desde el sur de la isla. La silueta de la ciudad es ya como cualquier otra, como todas, como las demás.
Había esa característica: las torres; parecían enmarcar las postales, las mismas que se siguen vendiendo en cada rincón donde hay turistas, y es que una postal de Nueva York sin torres, parece que pierde algo, como que no parece tanto Nueva York.
Es curioso, parecería que las torres, aunque no existen, siguen en mi mente, sin los aviones incrustándose, simplemente ahí, al frente, inmensas, como el soldado orgulloso que recibe una condecoración después de la guerra. Y veo el skyline, y las veo ahí, todavía.