Alguna vez conocido como el Hollywood de México, la tierra del cine. En alguna época ver a John Wayne pasear por la plaza de Armas era común; Dolores del Río y hasta mi Generalísimo Pacho Villa. Alguna vez también era común salir de extra en las producciones gringas. Ahí, en alguna, aparece su tía, su abuela o alguien que conoció en la infancia y la memoria lo ha borrado de sus recuerdos. Durango está en sus historias familiares, en las anécdotas de su madre, de sus tías y tíos. Durango está lejos, en su memoria y en la geografía.
Fue, apenas unos días, apenas para ver. Pero sus ojos ven diferente, será los años que, o traen cataratas o traen agudeza. Para ella resultó lo segundo. Y miró, más allá del machismo declarado y tolerado como figura común; miró a su alrededor, como valorando el camino, a la manera de un guardaespaldas que espera a su jefe en la puerta de un restaurante.
Durango, o Durrancho como todavía le dicen, pues ni el Liverpool que van a abrir, o del McDonald's o incluso a pesar del Vips le quitan el mote, quizá para algunos de ese medio millón de habitantes y para ella misma, la Perla del Guadiana siempre ha de guardar el olor ranchero, vaquero pues, como los cowboys de Texas. Como John Wayne, bien machotes todos, aunque piquen los alacranes.
Trocas bien perronas, negras negras, vidrios polarizados y motores potentes, sin placas ni nada, corren a toda velocidad por el centro, por la 20 de noviembre, donde las calles fueron trazadas para carretas; los carros abren paso, como si pasara una ambulancia, la gente en las aceras como que mejor ni mira mucho. Hay cosas que uno entiende sin que le expliquen demasiado: como cuando un narco trae prisa.
De ir a la feria ni hablar, está requetepeligroso le dijeron, bajan los de las rancherías y siempre andan bien empistolados, mejor no vamos, luego que nos cuenten como se puso Vicente, y los madrazos, y los balazos, mejor vamos a cenar al Hotel Gobernador.
Y en el restaurante sintió una mirada, lasciva, penetrante, pero ya había entendido el pedo, o el wato, como sea, el código que funciona, y tuvo miedo de no saber comportarse, de atraerle, o de nomás no. La siguió hasta el baño y de regreso a la mesa con la purita mirada, como si anduviera de caza de conejos. Y no supo cómo comportarse, ni qué hacer, si ser muy simpática o pecar de indiferente. Con los narcos no se juega, como se juega en los bares de la capital.
Y regresó a la ciudad, a la merita capital de la república. Donde los narcos no corren a toda velocidad por 5 de Febrero, donde casi ni hay trocas, donde tampoco hay ferias en las que Vicente le cante a sus mujeres tan divinas. Aquí donde nomás viven los hijos de los hijos de aquellos rancheros que empezaron a sembrar un poquito en sus parcelas, esos hijos que ya fueron a la escuela, ya hasta hablan inglés y no cargan cadenotas de oro como sus abuelos. Esos narcos, que pudo haber mirado en la calle, o en algún restaurante, incluso, hasta sonreírles. Pero aquí no es como en Durango.