Apenas tenía unas semanas en México, el inicio de su año de intercambio. Su español se resumía en algunas palabras que no llenaban ni una página del diccionario. Y había una sola que escuchaba una y otra vez. Para que bajara a desayunar, para irse a la escuela, en la hora de la comida, antes de cenar, bueno, nadie la llamaba por su nombre.
Se sentía burlada, señalada, todo mundo se refería a ella haciendo mención a su sobrepeso. No entendía cómo la gente con talta crueldad, sin más razón, siempre le decían: gorda, gordita.
El consejero la escuchó. Conteniendo y ocultando la risa que provocan los malentendidos por diferencias culturales, le comenzó a explicar cómo en México, decirle gorda o gordita a alguien, tiene que ver más con el afecto y el cariño que con burla.
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